the eternal sunshine of the spotless mind (2004)

by zEke

the eternal sunshine of the spotless mind poster No negaré que en alguna ocasión he deseado que menganito o fulanito, quizás debería decir menganita o fulanita, desaparecieran por completo de mi memoria. Me pregunto si habrá excepciones, alguien que nunca haya experimentado nada semejante, por efímero que pueda resultar ese pensamiento. A nadie le gusta convivir con recuerdos que duelen. Tarde o temprano se diluyen, sí, pero mientras duran duelen y parecen eternos. He aquí el secreto de the eternal sunshine of the spotless mind. No es otro que el hecho de ser capaz de llamar a las cosas por su nombre y concentrar la esencia de ese sinvivir en una película analgésica a la vez que reveladora. Muchos son los que antes de verla se subirían al tren. Pocos son los que después de verla eligirían eliminar sus recuerdos, por mucho que estos pudieran incordiar. Quizás me aquivoco, quizás no.

Lacuna Incorporation es una empresa que se dedica a borrar de tu memoria cuanto desees. Tu novia, tu mujer, tu mascota, tu jefe, en fin, lo que a uno le de la real gana. Joel Barish (Jim Carrey) y Clementine Cruczynski (Kate Winslet) están por la labor de deshacerse el uno del otro de una forma muy particular. Y eso es todo lo que uno necesita saber acerca del argumento de este encantador sinsentido.

Pero no sólo de pan vive el hombre y no sólo de lo fácil que resulta empatizar con la idea original de la película vive la susodicha. Para empezar, Carrey. No seré yo el primero que diga que el nivel interpretativo de un actor depende de los papeles a los que se enfrenta y, también, de quienquiera que sea el que se aventure a juzgarlo. Dicho esto, a mí Carrey no me gusta, y no me gusta por lo esperpéntico de la mayoría de sus personajes. Nada puedo decir, sin embargo, de su magistral interpretación de Joel Barish, un tipo que bien podría ser yo, o tú, o él. Lo que sí puedo decir, y digo, es que a pesar de intentar posteriormente salirse de su guión el resultado no ha sido el mismo. Winslet, como casi siempre, bien. Y digo casi siempre porque hace poco la vi en the holiday (2006). Además, aparecen por ahí Mark Ruffalo, cuyo personaje es tan amigo del peine como yo, un repelente Elijah Wood, una inocente Kirsten Dunst y un sobrio Tom Wilkinson.

Pero todavía hay más. El otrora director de videos musicales Michael Gondry y el excelente Charlie Kauffman son los verdaderos artífices de esta experiencia. Sí, experiencia. Cierta corriente que no entiendo ha llevado a muchos a emborracharse de la comúnmente denominada estética de videos musicales. Hasta el punto de que da la sensación de que todo vale, valga the cell (2000) como ejemplo. Pues bien, no. Gondry es uno de los pocos que parece haber entendido, y pesado en su justa medida, su potencial. Si me pongo pijotero, podría exigirle visualmente algo más a la escena de la cocina, pero, la verdad, ¿para qué? Y de Kauffman cabe decir única y exclusivamente que vale, y mucho, por si no nos había quedado claro ya con sus anteriores guiones. Su capacidad de dotar de sentido el sinsentido es capaz de seducir al más escéptico.

Y con esto me callo. Una grande y libre, por lo de independiente. Además de todo lo que he dicho hasta ahora, es la película idónea si esta noche viene a cenar. Sí, sí, así que ya sabes.

Para las deadhours de todos aquellos a los que has roto el corazón y/o todos los que te lo han roto a ti.

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no country for old men (2007)

by zEke

no country for old men posterAnton Chigurh es malo, muy malo, malísimo. No sé si tanto como el Dr. Hannibal Lecter, Max Cady o Harry Lime (me ahorro las referencias), por poner tres ejemplos. Quizás más, quizás menos. Lo que es seguro es que los hermanos Ethan y Joel Cohen se empeñan en que lo sea. Y es la maldad de Chigurh lo único que se llevarán a casa aquellos a los que la película no les diga nada, aunque mucho me temo que les gustaría perderla por el camino. El resto, también tendrá cuidado antes de acariciar de nuevo el pomo de una puerta, pero se llevará muchas más cosas.

La cosa comienza como tantas otras veces, aunque en esta ocasión se lo ahorran y no nos lo muestran. Nosotros te damos la droga. Vosotros nos dais el dinero. No se sabe cómo, pero la cosa no funciona del todo y el resultado es una masacre y la droga y el dinero expuestos al primero que decida pasearse por las desérticas y solitarias (y excelentemente retratadas) llanuras de Río Grande. Éste no es otro que Llewelyn Moss (Josh Brolin), un don nadie que vive con su mujer en una caravana y decide que su suerta acaba de cambiar. Lo que no sabe es que Anton Chigurh (Javier Bardem), un tipo armado con una pistola de bala cautiva de las que se utilizan con el ganado y una moneda, no conoce la palabra fracaso, y tiene metido entre ceja y ceja encontrar ese dinero.

El guión, que también firman los hermanos Cohen, y es que se quieren mucho, es una fiel adaptación de la novela homónima de Cormac McCarthy. Y cuando digo fiel, quiero decir fiel. Aquellos que la hayan leído se darán cuenta que, salvando las diferencias, el particular montaje de la película, algunos planos son memorables, y la práctica ausencia de música, son capaces de resucitar el ritmo, la atmósfera y la profundidad de la novela. Es reconfortante descubrir que aún existe gente capaz de crear tensión mediante el simple uso de la sombra de unas botas bajo el resquicio de una puerta. Así, el deprimente (que no deprimido) producto final, en lugar de contarnos las historias de los personajes, lo que hace, de alguna manera, es reflexionar a su alrededor. Como si los cineastas no quisieran tomar parte por ninguno y, de hecho, lo consiguen. Aquí, a pesar de todo, no hay ni buenos ni malos, y no los hay hasta que el espectador los etiqueta. A más de uno le recordará a fargo (1996), considerada por muchos (yo prefiero miller’s crossing (1990)) la mejor película de los hermanos de Minneapolis, aunque el pesimismo que emana ésta, araña.

Bardem luce más estreñido que nunca, lo que, sin que sirva de precedente, en está ocasión, el personaje lo agradece. Además, su inglés ayuda a construir un personaje plano, frío, resuelto. Su inglés y su corte de pelo, por favor. Algo así como la versión morena de Chema de Barrio Sésamo, pero con muy mala leche. Aún recuerdo cuando Antonio Banderas era el único español en Hollywood y se le preguntaba si se doblaría a él mimo. No, por favor. Brolin está a la altura. Es curioso lo del hermano mayor del héroe de the goonies (1985). Sin ser un gran actor, y valga la redundancia (para aquellos que me leen, sé que me repito), se ha dejado ver en cuatro de las producciones, por diferentes razones, más influyentes de este año que termina. Éstas son, además de la que me ocupa, grindhouse (2007), in the valley of elah (2007) y american gangster (2007). Su momento de gloria, esto es. Jones vuelve por sus fueros y se escuda detrás de una insignia estrellada, aunque esta vez su personaje dista mucho del que en su día hizo correr a Harrison Ford. Bell está a punto de jubilarse, Bell está de vuelta, de vuelta de todo y Jones es capaz de transmitir nostalgia y resignación sin despeinarse.

Sin duda una gran película por muchos motivos, tantos que más de uno se distraerá y no se dará cuenta.

Para las deadhours de gente que huye de sí misma y lanza monedas al aire para tomar las decisiones menos importantes.

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one flew over the cuckoo’s nest (1975)

by zEke

one flew over the cuckoo’s nest posterEn tenis un jugador es merecedor del Grand Slam si en una misma temporada consigue vencer, de forma consecutiva, en Melbourne Park, Roland Garros, All Engalnd Club y Flashing Meadows. Roger Federer, probablemente el mejor tenista de todos los tiempos, no lo ha conseguido, todavía. ¿Y qué tiene esto que ver con la película que hoy nos ocupa? one flew over the cuckoo’s nest cosechó en 1976 un repóquer de Oscars que se conoce con el sobrenombre, oficioso, de Grand Slam: película, director, guión adaptado, actor y actriz principales. Sólo it happened one night (1934) y the silence of the lambs (1991) lo han conseguido también. Así como injusto sería infravalorar a Federer por no haber logrado el Grand Slam, sería injusto también sobrevalorar one flew over the cuckoo’s nest por sí haberlo logrado. Aunque, ciertamente, estamos ante una gran película.

Randle Patrick McMurphy (Jack Nicholson) es un don nadie con más cara que espalda que tras ser condenado a prisión por un delito de corrupción de menores se las arregla para ser trasladado a un centro psiquiátrico. Allí, campa a sus anchas, mientras espera, bien ser puesto en libertad, bien, en el peor de los casos, escapar, aunque nunca ser devuelto a prisión. Para ello debe demostrar su locura. No tarda en entablar amistad, a base de tener la cara muy dura, con la mayoría de internos, muchos de los cuales se encuentran allí, a diferencia de él, por voluntad propia. Se convierte así, poco a poco, en el cabecilla de la resistencia que los pacientes ejercen en una guerra psicológica imaginaria ante la impertérrita enfermera Mildred Ratched (Louise Fletcher).

Inolvidable es la interpretación de Jack Nicholson en esta película, imitada hasta la saciedad, incluso por él mismo. Para que después digan que el actor nacido en Manhattan no está encasillado. Sin ir más lejos, suya es una de las interpretaciones de un villano más memorables hasta la fecha, el Joker en batman (1990). Joker, que mucho tiene que ver con McMurphy. Pero no me voy a poner a hablar de las consecuencias que McMurphy haya podido, o no, tener en la carrera interpretativa del actor. Lo que es cierto es que es un papel hecho a su medida. Prefiero no imaginarme a Kirk Douglas como McMurphy, suyos eran los derechos de la novela homónima de Ken Kesey hasta que se los cedió a su hijo Michael. O, peor, Burt Reyolds, favorito del director checo (checoslovaco cuando estrenó la película) Milos Forman, con el que por cierto, Nicholson no se habla desde entonces. No pretendo decir con esto que Reynolds y Douglas sean actores mediocres, simplemente que es tal el grado de simbiosis entre Nicholson y McMurphy que se me antoja imposible imaginarme al segundo sin la cara del primero, descarado, sinvergüenza, líder, juerguista, pícaro. O sea, en la línea de Paul Newman en cool hand luke (1967), aunque con alguna vuelta de tuerca más.

Pero no sólo brilla Nicholson. El resto del reparto está a la altura de las circunstancias y son artífices también de la calidad del largometraje. Habrá quien diga que hacer de loco es sencillo. Y no niego que parte de razón haya en tal afirmación, pero en contadas ocasiones he visto un centro psiquiátrico tan bien representado. La ingenuidad de Martini (Danny DeVito, quien parece aquí más chaparro que nunca), la inocencia de Billy Bibbit (Brad Dourif, quien fue nominado al Oscar), la humanidad de Chief Bromden, Frederikson, Taber. En fin, quizás Loise Fletcher sea la menos afortunada a pesar del reconocimiento que su interpretación obtuvo, y de haber sido considerada por el American Film Institute como el quinto malo más malo de la historia del cine, o sea, su cine. Aunque quizás, esto último sea una falsa impresión, consecuencia de comparar su interpretación con la de su émulo en la película.

Aquellos que hayan leído también la novela se darán cuenta de que el personaje de Bromden pierde protagonismo en beneficio de McMurphy, aunque la verdad, y sin querer comparar peras con manzanas, la historia mantiene la esencia de lo escrito por Kesey, quien se negó a ver la película por motivos extradeportivos, y ahora ya, por mucho que quiera, pues no lo va a poder hacer. Eso sí, si una dolencia tiene la adaptación, esa es la insistencia por darle vueltas a una misma idea varias veces hasta el punto de que las más de dos horas que dura, al final del día, resultan excesivas para aquellos que no sean capaces de distraerse con las tonterías de Nicholson.

Dirige Milos Forman de forma correcta, sin aspavientos, ciñéndose a lo estrictamente necesario y sabedor de ser dueño y señor de una historia que se cuenta sola. Que se cuenta sola y que gusta por igual a grandes y pequeños, a anchos y estrechos. Alguien habrá, digo yo, que piense que la película está sobrevalorada, yo creo que para sobrevaloraciones the shawshank redemption (1994). Lo dicho.

Para las deadhours de los locos de pase al hueco.

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in the mood for love (2000)

by zEke

in the mood for love posterin the mood for love, together with days of being wild (1991) and 2046 (2004), form the informal trilogy Kar Wai Wong dedicates to love, in all its shapes and shades. It sets itself half way between the harsh realism of the first one and the puzzled surrealism of the third one. Both, the international and the original chinese title, which means “our glorious years have passed like flowers”, derive from songs used in the film by Zhou Xuan and Bryan Ferry respectively. It is impressive how four chinese symbols can say so much, and so deep. Furthermore, it was the filmmaker himself who changed the title for the international version, which lost in poetry what it gained in suggestiveness.

Chen (Maggie Cheung) and Su (Tony Leung) move into contiguous apartments in the same day. Married to spouses that spend most of their time away either on business trips or overtime shifts they slowly befriend each other. As days pass by they realize that their spouses are cheating on them with each other. Unable to understand how it started, they decide to perform what they imagine happened between their beloved ones. By means of their awkward game their relationship grows closer.

Kar Wai Wong, who shoots his movies with an idea in his head of what he aspires to, rather than a script, is able to surround in the mood for love with a poetic and colorful aura that seduces not only those viewers in the mood for being charmed. The chinese director minds every single shot, thus becoming artistic pieces of an enlightening final puzzle. He is able to deliver a no end of partial shots that complete themselves in subsequent scenes without getting in the viewer nerves. Those who after reading this paragraph are thinking “what is he talking about?”, know already what to do, skip this one.

Both, Cheung and Leung carry the whole dramatic burden of the movie. This is true to such an extend that most of the times the rest of the cast is shown out of focus, through a door or window, or despite of talking not shown at all in the scene. When together, Kar Wai Wong put different approaches into practice in order to take the most out of each shot of their interactions, shots that are delivered out of frame, shots that focus on mirror images of them both. But it is not only about how they look on screen, it is also about how when in silence they still talk, how they emanate melancholy, awkwardness and feeling as few times seen before. Cheung looks beautiful in every single dress she wears, almost one per scene, sometimes even more than one in the same scene, which states a repetition connotation. Leung, whose apartment number is 2046 (coincidence?), portrays an appealing character that will be liked despite of the sick game he suggests to play.

The music plays the role of a main character slowing down the action at times to demonstrate itself at its peak. But not only the original music by Michael Galasso are wise, Nat King Cole in Spanish sounds more bittersweet than ever before when Cheung and Leung are on screen.

Of course, not everyone will like this movie the way I do, for those worried but still interested on give it a chance let me say that just when it is about to become too long, it ends, maybe abruptly but the way it has to. It will remind you of all those feelings you once had and never let them out. Sofia Coppola, seduced by it, used the same metaphor in lost in translation (2003).

For the deadhours of those who know it is possible to love two people at the same time.

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