by zEke
Randle Patrick McMurphy (Jack Nicholson) es un don nadie con más cara que espalda que tras ser condenado a prisión por un delito de corrupción de menores se las arregla para ser trasladado a un centro psiquiátrico. Allí, campa a sus anchas, mientras espera, bien ser puesto en libertad, bien, en el peor de los casos, escapar, aunque nunca ser devuelto a prisión. Para ello debe demostrar su locura. No tarda en entablar amistad, a base de tener la cara muy dura, con la mayoría de internos, muchos de los cuales se encuentran allí, a diferencia de él, por voluntad propia. Se convierte así, poco a poco, en el cabecilla de la resistencia que los pacientes ejercen en una guerra psicológica imaginaria ante la impertérrita enfermera Mildred Ratched (Louise Fletcher).
Inolvidable es la interpretación de Jack Nicholson en esta película, imitada hasta la saciedad, incluso por él mismo. Para que después digan que el actor nacido en Manhattan no está encasillado. Sin ir más lejos, suya es una de las interpretaciones de un villano más memorables hasta la fecha, el Joker en batman (1990). Joker, que mucho tiene que ver con McMurphy. Pero no me voy a poner a hablar de las consecuencias que McMurphy haya podido, o no, tener en la carrera interpretativa del actor. Lo que es cierto es que es un papel hecho a su medida. Prefiero no imaginarme a Kirk Douglas como McMurphy, suyos eran los derechos de la novela homónima de Ken Kesey hasta que se los cedió a su hijo Michael. O, peor, Burt Reyolds, favorito del director checo (checoslovaco cuando estrenó la película) Milos Forman, con el que por cierto, Nicholson no se habla desde entonces. No pretendo decir con esto que Reynolds y Douglas sean actores mediocres, simplemente que es tal el grado de simbiosis entre Nicholson y McMurphy que se me antoja imposible imaginarme al segundo sin la cara del primero, descarado, sinvergüenza, líder, juerguista, pícaro. O sea, en la línea de Paul Newman en cool hand luke (1967), aunque con alguna vuelta de tuerca más.
Pero no sólo brilla Nicholson. El resto del reparto está a la altura de las circunstancias y son artífices también de la calidad del largometraje. Habrá quien diga que hacer de loco es sencillo. Y no niego que parte de razón haya en tal afirmación, pero en contadas ocasiones he visto un centro psiquiátrico tan bien representado. La ingenuidad de Martini (Danny DeVito, quien parece aquí más chaparro que nunca), la inocencia de Billy Bibbit (Brad Dourif, quien fue nominado al Oscar), la humanidad de Chief Bromden, Frederikson, Taber. En fin, quizás Loise Fletcher sea la menos afortunada a pesar del reconocimiento que su interpretación obtuvo, y de haber sido considerada por el American Film Institute como el quinto malo más malo de la historia del cine, o sea, su cine. Aunque quizás, esto último sea una falsa impresión, consecuencia de comparar su interpretación con la de su émulo en la película.
Aquellos que hayan leído también la novela se darán cuenta de que el personaje de Bromden pierde protagonismo en beneficio de McMurphy, aunque la verdad, y sin querer comparar peras con manzanas, la historia mantiene la esencia de lo escrito por Kesey, quien se negó a ver la película por motivos extradeportivos, y ahora ya, por mucho que quiera, pues no lo va a poder hacer. Eso sí, si una dolencia tiene la adaptación, esa es la insistencia por darle vueltas a una misma idea varias veces hasta el punto de que las más de dos horas que dura, al final del día, resultan excesivas para aquellos que no sean capaces de distraerse con las tonterías de Nicholson.
Dirige Milos Forman de forma correcta, sin aspavientos, ciñéndose a lo estrictamente necesario y sabedor de ser dueño y señor de una historia que se cuenta sola. Que se cuenta sola y que gusta por igual a grandes y pequeños, a anchos y estrechos. Alguien habrá, digo yo, que piense que la película está sobrevalorada, yo creo que para sobrevaloraciones the shawshank redemption (1994). Lo dicho.
Para las deadhours de los locos de pase al hueco.
deadrate: βery good
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