breathless (1960)

by zEke

breathless posterA la Nouvelle Vague francesa el cine actual le debe más de una cerveza. Bajos presupuestos, temáticas existencialistas, escenas dinámicas, exteriores, montajes bruscos, etc. son los ingredientes de un cine que todavía hoy sigue muy presente en la mente de muchos realizadores. Sin ir más lejos, un tal Quentin Tarantino ha manifestado, directa e indirectamente, su admiración por la corriente francesa en incontables ocasiones. ¿Y quiénes son sus representantes? Pues entre otros Jean-Luc Godard, François Truffaut y Éric Rohmer, quienes comenzaron su andadura en el mundo del cine como críticos en una famosa revista de cine francesa. Tiene narices la cosa, dejaron de criticar para ser criticados. Quizás hartos del cine francés de entonces decidieron que en sus manos estaba el futuro. Y lo estuvo. Los dos primeros firmaron el guión de breathless cuyo título en francés se lee muy bien en el póster de la película (ver arriba); dirige el primero. Veintitrés años después llegó, como no podía ser de otra manera, breathless (1983), pésimo remake de una película que fue lo que fue cuando lo fue y por lo que lo fue, eso sí, con Richard Gere, muy atractivo él.

La historia es sencilla. Michael (Jean-Paul Belmondo) es un don nadie descarado, grosero, aspirante a Humphrey Gogart, que tras robar un coche mata al policía que lo persigue. En lugar de pies para que os quiero decide quedarse en París con su novia Patricia (Jean Seberg), una aspirante a periodista americana que vende el New York Herald Tribune en las calles de la ciudad de los enamorados, mientras junta el dinero suficiente para, entonces sí, fugarse a Italia con ella. Y si alguien no la ha visto ya o, pese a la infinita oferta que existe en la actualidad, pretende hacerlo, le recomendaría que dejara de leer.

Tanto Belmondo como Seberg se desenvuelven bien en las pieles de Michael y Patricia a pesar de ser novatos en esto del cine por aquel entonces. Es en ellos en quien recae todo el peso dramático de la cinta. En ellos y en sus interminables conversaciones sobre absolutamente nada. Quizás demasiadas, ¿pero acaso no están plagadas de ellas las historias de amor de cada uno de nosotro? A veces hablamos de nada. Precisamente el dualismo del personaje de Belmondo, que enfrenta la urgencia del fugitivo con la paciencia del enamorado, eso sí, siempre un sinvergüenza, le permite lucirse como otras tantas veces a lo largo de su carrera.

Pero lo que realmente llama la atención de la cinta es su formato. Escenas interminables en las que la cámara acompaña a los protagonistas por las calles de París contrastan con cortes muy bruscos entre escenas. Sin ir más lejos, después de que Belmondo hable con el público largo y tendido durante la persecución inicial el asesinato tiene lugar en cuestión de tres planos, a cual más corto, y a otra cosa mariposa. Lo cierto es que funciona y prueba de ello es la influencia de esta técnica que hoy encontramos hasta en la sopa. Cabe destacar también la música, a veces insoportable, pero siempre protagonista.

Mención aparte merecen los últimos minutos. Que ella lo acabaría delatando es algo que más de uno intuye a lo largo del largometraje. Que, a pesar de ello, lo quiere, es indudable. La última escena en la que ya moribundo Michael huye perseguido por Patricia y la policía hasta caer al suelo para dedicarle a ella unas muecas y una sonrisa antes de morir es probablemente lo mejor de la película. Y la traducción que el agente de policía hace de sus últimas palabras es una perrería, pero pertinente.

Sin duda sentó precedente en el cómo y a pesar de alguna que otra debilidad en el qué, ha envejecido bastante bien, casi como Sean Connery o Sofía Loren por poner dos ejemplos.

Para las deadhours de los que dicen cuelga tú primero y se quedan esperando.

deadrate: γood

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